Odyssey

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El Odyssey entrega el oro americano a Mariano I de España

Pizarro negociando las mejores condiciones de traspaso del oro con los peruanos.

Ahora sí que sí. Por fin se ha hecho justicia. Tras años de litigios diplomáticos y judiciales, de portadas de prensa, de polémicas a ambos lados del Atlántico y de análisis de sesudos tertulianos, el oro americano sacado del fondo del mar por el cazatesoros Odyssey vuelve al glorioso Reino de España. Casi podemos oír la marcha triunfal («¡ya viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines…«) mientras Mariano I de España, cortejado por el Arzobispo Rouco, mil quinientas doce monjas, los gaiteros del funeral de Fraga, tres jugadores de La Roja y varios Grandes de España, con la marquesa Aguirre a la cabeza y la duquesa Fitz-James Stuart a la cola, se dirigen a lomos de sus caballos y en floridos carruajes al Puerto de Palos para recibir tan preciada ofrenda. Las arcas del imperio lo agradecerán, piensa Mariano I mientras ve cada vez más cercano el día de la justicia poética gibraltareña y de las perdidas provincias de ultramar. Por fin una buena noticia. Y acá todos tan contentos.

Pizarro. Foto Tuenti.

En total son 17 toneladas de oro y plata las que recibirá el Gobierno tras la reciente victoria judicial frente al cazatesoros gringo. Lo repito: 17 toneladas. Diecisiete mil kilos. Una cantidad cuando menos llamativa en monedas de oro y plata que España reclamaba como suyas al haber sido encontradas en un barco de bandera española hundido en el mar hace algunos siglos. Son precisamente esos siglos, y el criterio histórico, los que hacían defender al tesoro como nuestro. Ese oro pertenece a los conquistadores, suyo fue el esfuerzo de saquearlo y, por lo tanto, es nuestro y no de esos ladrones norteamericanos que pretenden robarnos el fruto de nuestro robo. Sin embargo, haciendo un esfuerzo muy pequeñito de imaginación, si aparte de tomar en cuenta los siglos que hay de por medio entre el hundimiento del barco en cuestión y nuestros días, aumentamos en no mucho más de un mes el periodo temporal de nuestro alegato, poco antes de que el barco zarpara de costas americanas, ese oro de nuestro litigio, esas 17 toneladas de oro, se encontraban, no en la borda de La Mercedes sino en Perú. Y, si en vez de unos meses, nos atrevemos ir unos pocos años más hacia atrás, esas 17 toneladas de oro y plata estaban todavía, sin su forma de monedas, en las esquilmadas minas peruanas.

Entonces ¿dónde está la justicia? ¿En qué ha consistido? ¿Es más justo que el oro vuelva a España de manos de los gringos cazatesoros a que se reintegre en el pueblo indígena peruano que murió en las minas por extraerlo? Pareciera, o al menos me lo parece a mí, que 500 años después no hemos aprendido todavía nada. Luchamos, de forma abierta, por el fruto de nuestro expolio y desde los medios de comunicación nacionales nos gloriamos de nuestra hazaña. Somos la España de Pizarro, la de cambiar baratijas por piedras preciosas, la descrita en ‘Las venas abiertas de América Latina‘, la de la primera explotación latinoamericana que derivo en la que, medio milenio después, siguen viviendo los pueblos oprimidos del Sur. Hoy España se despierta alegre por culminar el último hurto a la América conquistada, el que nos quedaba pendiente, y yo no entiendo nada. Sólo espero que el día que a Latinoamérica le dé por cobrarse la deuda externa por tanto oro, plata y materias primas «prestadas», sean más indulgentes con los intereses que lo que nosotros lo hemos sido con ellos. Eso y que el oro que llega a España, con fastuoso cortejo, no nos contagie a todos de la misma maldición del robado por Wall Street.

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"No hay nada más poderoso en el mundo que una idea a la que le ha llegado su tiempo".

-Víctor Hugo-

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