Voldemort

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Franco y Voldemort

En la saga literaria Harry Potter, Lord Voldemort es el gran enemigo, la encarnación del mal, el antagonista último que constantemente pone en riesgo el equilibrio del bien en la conocida escuela de magia donde transcurren las novelas. Es tan temido este Lord Voldemort que, incluso cuando se le cree muerto, la gente se refiere a él como “quien tú sabes” o “el que no debe ser nombrado”. Creen los asustados magos que con el mero hecho de nombrarle pueden darle poder y fuerza a algo que debería quedar en el pasado; la norma, por tanto, es no hablar de él para evitar males mayores. Que quede sepultado bajo su propio tabú. Sin embargo, hete aquí que precisamente el único que no tiene miedo a pronunciar el nombre del malvado, a llamar a las cosas por su nombre, a desterrar el temor, será el predestinado a acabar con él y con todo el historial de terror causado tanto en su vida como en su muerte. El joven Harry Potter desafía al silencio institucional establecido en torno a la figura del gran malvado y ese será el primer paso para acabar definitivamente con él; acabando con el miedo acabará con la principal arma del enemigo.

En estos días muchos vemos con estupor, a ambas orillas del atlántico, como se procesa al mismo juez que procesara a Pinochet o a los torturadores argentinos precisamente por querer romper oficialmente el tabú del silencio. Ha querido Baltasar Garzón poner nombre a “quien tú sabes”, al “que no debe ser nombrado”, y eso ha hecho temblar el equilibrio ficticio de los que tienen miedo. Tanto ha sido el miedo que la denuncia viene (y se acepta) de un mal llamado sindicato de ultraderecha que responde al nombre (qué irónico) de Manos Limpias. Los slytherin juzgando a Harry Potter. Pero no es sólo la vergüenza nacional (que a veces es vergüenza ajena) de que se juzgue a quien apoya a las víctimas del franquismo la que nos invade estos días, también hemos podido constatar con perplejidad cómo la memoria selectiva ha hecho de las suyas ante los múltiples funerales con obispos y gaitas del que fuera uno de los ministros del dictador. En una gran mayoría de obituarios de medios considerados de solvencia, así como en todos los actos institucionales, se les pasaba nombrar o referirse a la relación de Manuel Fraga con “quien tú sabes”, a ese “que no puede ser nombrado”.

Dice Marcos Ana, poeta español nonagenario y uno de los presos políticos que más tiempo pasó a la sombra de los barrotes del general, que es cierto que hay que pasar página, que es incluso necesario pasar página, pero que antes hay que leerla. Es preocupante constatar cómo en los temarios escolares un hito fundamental de nuestra historia como es la guerra civil y la dictadura generada de ese golpe de Estado militar sigue estando al final del todo, en ese espacio abstracto de materias y temas a los que el profesor, acuciado por los ritmos de los trimestres, nunca llega. Muchos hemos vivido la experiencia de tener que estudiar por nuestra cuenta (y a la carrera) este tema cronológicamente final de nuestros libros de texto, un tema al que muchos tendrán como único acercamiento lo que dicen papá y mamá en casa o algunos peligrosos editoriales de periódicos cargados de intereses. Así es muy muy difícil conocer la realidad de nuestra historia reciente, cuanto más profundizar en ella para, consecuentemente, poder pasar página de manera responsable, coherente y formada.

Pero hagamos caso al poeta salmantino y, al menos durante un rato, leamos la página. Lo que ofrezco a continuación son fragmentos breves de cartas escritas personalmente por “el que no puede ser nombrado”, o dirigidas a él por personajes relevantes, extraídos del libro de Jesús Palacios en el que ofrece una muestra de la correspondencia del dictador. Para que no haya trampa ni cartón, ni todo sea opinión, y llamemos a las cosas por su nombre. Ahí van algunos:

Juan de Borbón a Franco: “Deseo un puesto de combate junto a todos los buenos españoles”.

El duque de Alba a Franco: “Mi primera misión es destruir la atmósfera creada por la propaganda roja”.

Alfonso XIII a Franco: “La laureada para quien ha salvado a España”.

Franco a Hitler: ” Querido Führer: Grande es mi deseo de no permanecer ajeno a sus preocupaciones y de prestarle los servicios que considere más valiosos”.

Franco a Serrano: “Hay acuerdo completo entre el Führer y nosotros”.

Franco a Hitler: “No se precisa confirmación de mi convicción en la victoria de su causa justa de la que seré siempre leal partidario”.

Don Juan a Franco: “La regencia debe dar paso a la monarquía, para que su voz se oiga en la contienda europea contra el comunismo”.

Franco a Don Juan: “La monarquía católica tradicional, a cuya instauración con paso firme y seguro caminábamos”.

Luis Miguel Dominguín a Franco: “Mis camaradas los toreros españoles, que no dudan en verter su sangre, la ofrecerían en defensa de una patria a la que adoran y de un caudillo al que idolatran”.

Escrivá de Balaguer a Franco: “Aunque apartado de toda actividad política, no he podido menos de alegrarme, como sacerdote y como español”.

Don Juan a Franco: “Tengo que proclamar la vinculación de la Monarquía con el Alzamiento del 18 de julio de 1936”.

Sofía de Grecia a Franco: “La preciosa joya que el General y Doña Carmen me han regalado, así como la alta condecoración recibida, hacen que me sienta ya unida a mi nueva patria y ardo en deseos de conocerla y servirla”.

Estas son sólo algunas de las perlitas, hay muchas más, que encierra el libro de la correspondencia “del que no debe ser nombrado”. Por cierto, creo que a estas alturas del artículo todavía no he dicho el nombre de “quien tú sabes”, me refiero, claro está, al dictador Francisco Franco, hijo de un golpe de Estado ilegítimo.

El libro termina con unas últimas cartas estremecedoras, son las de las familias de los últimos condenados a muerte del franquismo, a escasos meses del fallecimiento del dictador, pidiendo clemencia. Es imposible leerlas sin que se escape una lágrima de impotencia y de rabia. El final de la historia, ya lo conocen. ¿O no?

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"No hay nada más poderoso en el mundo que una idea a la que le ha llegado su tiempo".

-Víctor Hugo-

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