Salón de invitados

¿Qué pasaría si todo el mundo pensase que has muerto?

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El testimonio con el que estrenamos el Salón de Invitados de esta nueva temporada es, cuando menos, impactante. Para nosotros supone todo un lujo y un privilegio el que la protagonista haya accedido a compartirlo con todos los lectores de el Mundo de Mañana. Ciertamente la historia que viene a continuación es excepcional, tanto por su fondo como por lo extraño de su caso. No es algo tan frecuente que toda una ciudad le dé a uno por muerto.

La persona que nos lo cuenta es Ana Garrido, una buenísima amiga personal desde hace ya tiempo. Ana, que tiene de sobra abiertas las puertas de este Salón, es una mujer revestida de una sensibilidad especial y una forma de vivir la vida llena de tranquilidad y comprensión. Emana paz. Es de esas personas transparentes que rápidamente percibimos como buena gente, de las que merece la pena tener cerca. Quizá por eso, por esa sensibilidad, esa comprensión y esa transparencia, este relato cobre más fuerza todavía. Sin enrollarme mucho más, os dejo con su historia. Quizá os haga reflexionar. A mí me lo ha hecho.

LO QUE MARCA LA DIFERENCIA

No todo el mundo tiene la posibilidad de ver qué pasa en el mundo después de haber fallecido. Me explico. El pasado martes estalló la terrible noticia que incendió las calles de Pinto como si de ríos de pólvora se tratase: la farmacéutica que trabajaba en la Avenida de España, una chica de unos 40 años, se había quitado la vida arrojándose a las vías del tren. La noticia se extendió por los numerosos corrillos y mentideros de la ciudad, tomando diferentes formas y dando lugar a versiones que diferían notablemente entre sí. Una de las versiones, dada la descripción, fue que la fallecida era yo.

Por supuesto, de las noticias de las que uno es protagonista, uno se entera el último.

Así, llevaba yo unos días “desaparecida de la faz de la tierra” cuando me enteré. Una vecina de mis padres me vio y me miró como si de una aparición se tratase. Hablamos un rato y así me enteré de que se oía por ahí que yo había muerto.

Todos los datos encajaban a ojos de los profesionales del rumor: profesión, lugar de trabajo, edad aproximada, barrio donde viven los padres. La noticia se extiende de la estación al mercado, del mercado a la frutería, y de esta a la panadería, alejándose a la vez del punto de origen y de la verdad. Me pareció ver un cierto viso de decepción en sus ojos. Ya no podría contar por ahí que conocía perfectamente a la protagonista de la noticia que medio pueblo comentaba. Acababa de privarla de su minuto de gloria.

Hay gente que cree que estoy muerta. ¿Cuál es la diferencia? A mi entender, uno sigue vivo en tanto en cuanto te recuerden los que están vivos. Si hablan de ti, si cuentan cómo eras o las cosas que hacías.

¿Hablarían de mí?. ¿Por cuánto tiempo?

Vago desesperada por las calles, buscando caras conocidas para gritarles con el gesto: “¡estoy aquí!, ¡estoy viva!”.

Pero es sábado por la noche y estoy muerta. O está muerta otra persona que creen que soy yo. Noche en blanco. Y los que siguen vivos no entienden que no quiera salir.

El domingo transcurre sin mi permiso. Hay misa, hay pan. Hay restaurantes abiertos. Yo he muerto y mucha gente no lo sabe. Simplemente quedan y se cuentan qué tal les ha ido, qué planes tienen. Y la vida sigue. Sale el Sol.

Camino hacia la farmacia y desde lejos la cruz anuncia un punto de no retorno. No volveremos a ser quienes fuimos. La gente, incansable, viene, compra, compra y pregunta. O sólo pregunta. Y yo no sé nada.

Me alegra decir que, al volver al trabajo, he podido ver quien, tras enterarse de mi fallecimiento, ha venido tan pronto ha podido a comprobar con sus propios ojos llenos de sangre y angustia si la desaparecida era yo (incluso alguna persona que yo no habría imaginado), y quien nos conoce a mí y mi familia de toda la vida y, viviendo al lado de mis padres, piensa que he muerto y ni pregunta.

Y ESA ES LA DIFERENCIA.

He podido comprobar con cierta satisfacción qué ocurrirá el día que yo deje esta vida: que el mundo seguirá girando. Y eso me llena de esperanza.

-Ana Garrido-

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