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El Ayuntamiento deja en el frío a 22 niños de El Gallinero mientras la alcaldesa inaugura el Belén municipal.

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Así ha quedado el poblado tras el paso de las excavadoras esta mañana. //Foto: Javier Baeza.

Informamos, junto a la gente de San Carlos Borromeo, de la falta de humanidad municipal ocurrida hoy a tan solo 12 kilómetros de las luces de Navidad. Una vez más y contraviniendo el acuerdo de no derribar durante los meses de frío, el Ayuntamiento de Madrid ha tirado abajo esta mañana doce viviendas en El Gallinero. Fruto de este nuevo atropello a los Derechos Humanos más básicos han quedado en la calle 22 menores y sus respectivas familias.

Como viene siendo habitual, la policía desplegada en el operativo de derribo no ha permitido el acceso ni a los voluntarios mediadores, ni a las abogadas de los vecinos de El Gallinero, ni a los médicos ni tan si quiera a la Cruz Roja. La indefensión de los pobladores, que no podían ni entrar ni salir del cordón policial, ha sido total, dándose casos como el de unos padres fuera del acordonamiento con sus hijos solos dentro de la casa o el uno de los habitantes cuya vivienda ha sido derruida sin poder acceder a la misma.

En el colmo de la falta de lógica operativa y coordinación por parte de las administraciones, ha sido derruida la vivienda de una de las personas contratadas por el IRIS (Instituto de Realojo e Integración Social de la Comunidad de Madrid) como trabajador socioeducativo con los niños y niñas del poblado, donde también vivían su mujer y sus tres hijos menores.

Mientras todo esto sucedía, para mayor desvergüenza, la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, se encontraba inaugurando el Belén municipal y hablando a los niños de la importancia de la Constitución Española. Desde esta página, nos preguntamos: ¿Cómo puede celebrarse una Navidad dejando a niños y niñas a la intemperie? ¿Cómo puede ser que la señora alcaldesa tenga más facilidad para encontrar a Jesús en la cerámica de sus figuritas que en los críos de El Gallinero? Como dice un buen amigo, parece que para que haya Belén de verdad tendrá que haber no sólo un niño indefenso sin techo dónde nacer sino alguien que haga de Herodes en el poder.

Ante todos estos sucesos, acontecidos sin ningún aviso previo ni a los vecinos, ni a los mediadores, ni a las otras fuerzas políticas, denunciamos junto al equipo de voluntarios de San Carlos Borromeo esta nueva falta de respeto por la dignidad de las personas empobrecidas y a sus derechos más básicos y fundamentales. Consideramos que es intolerable que se sigan realizando derribos mientras no existe todavía ninguna hoja de ruta consensuada para esta población. Mucho menos con unas temperaturas que ponen en riesgo la vida de las familias y los menores que hoy se han quedado en la calle en Madrid.

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Ana Botella inaugurando la (su) Navidad.

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¿Qué otras medidas de convivencia le propondrías al Ayuntamiento de Madrid?

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La noticia saltaba ayer a última hora de la tarde como de tapadillo. Una de esas informaciones que parecen menores o que no nos tocan pero que revelan, por lo general, los auténticos planes y el auténtico estilo del gobierno de turno. Tras anunciar hace unas semanas que los músicos callejeros tendrían que superar un casting para poder ejercer su libre vocación en las aceras de Madrid, ayer el Ayuntamiento, con su concejal Dolores Navarro como protagonista, anunciaba las nuevas ordenanzas de convivencia. A partir de la aprobación de la ordenanza, habrá multas de 750 euros por mendigar delante de un centro comercial, vender clinex o hacer malabares en la calle, también por acampar en la vía pública, tumbarse en un banco o pasear un perro molesto.  De entre las multas más caras, de 1.500 a 3.000 euros, encontramos el limpiar los parabrisas de los coches, ejercer la prostitución o llevar a toxicómanos hasta los puntos de venta de droga. Pareciera que los creadores de estas disposiciones hubieran leído este fin de semana el polémico artículo de El País sobre la situación de la ciudad de Madrid.

Dolores Navarro es una conocida de El Gallinero. Como concejal de Asuntos Sociales hizo una visita una fría mañana de viernes al poblado chabolista para conocer esa realidad, a pesar de que sus prejuicios y sus miedos no le dejaron ver más allá de lo que ya traía en la cabeza. Su conclusión fue clara: esta gente no puede vivir así, en las condiciones de este poblado. Su solución, también lo fue: vamos a derribarlo. Y así con todo. No hay ningún plan de inserción para la gente que se dedica a la mendicidad o a ganarse la vida con unos clinex o de cunderos. Se les derriba. Para más inri, se especifica que la multa para los que mendiguen será especialmente si lo hacen “delante de un centro comercial”. No sea que se asusten o que manchen o que rompan la bella estampa de los que aún pueden disfrutar de estos templos del consumo prefabricado.

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Como todo esto es nausabundo, inhumano y de un clasismo que espanta, pensando que se ha debido de tratar, sin lugar a dudas de un error de la administración, hemos decidido darles sugerencias desde nuestra Encuesta de la Semana para unas nuevas ordenanzas de convivencia. Recomiendo que antes de responder leáis este artículo en el que se exponen todas las multas que habrá y las nuevas penalizaciones por andar en la calle de Madrid, así llegáis a las sugerencias calentitos y mucho más creativos. Como en otras ocasiones, se podrán responder varias opciones diferentes. Seguro que entre todxs podemos ayudar al Ayuntamiento a hacer la ciudad que queremos…

¿Cómo vas a llegar a tu casa ahora que han eliminado el ‘Buhometro’?

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Madrileños haciendo el recorrido ‘Argüelles-Puente de Vallecas’ tras una noche de viernes.

En una histórica decisión para fomentar el deporte en la villa de Madrid, desde hoy lunes 30 de septiembre ya no se podrá usar nunca más el servicio de ‘Buhometros’. Ha desaparecido. Ha muerto. La han matado. La red de autobuses nocturnos que replicaba las líneas de Metro en recorrido y número de paradas cada fin de semana no volverá a recorrer las calles ya que “los autobuses van prácticamente vacíos”, dicen. Ellos, consejero de Transporte y compañía, que se pasan el día en el autobús y el metro, lo saben. A nosotros, los que cada fin de semana tenemos que esperar las colas para poder entrar en nuestra línea de buhometro, nos machacan un poquito más haciéndonos pagar cada vez una mayor cantidad por un servicio más y más lamentable. El abono mensual de transportes cada vez vale para menos.

Dicen, también, que no supondrá ninguna molestia a los usuarios. La realidad es que, donde antes cogíamos un autobús, ahora habrá que coger dos, o tres, o más. Eso contando con la ya casi olvidada parada obligatoria en Cibeles de antaño. Total, como mínimo media hora o cuarenta y cinco minutos más para llegar a casa y, en el caso de no tener abono, el doble de billetes por hacer el mismo recorrido. Una estafa que, sin duda, vendrá muy bien a los bolsillos sin fondos de la desgestión madrileña. Intentando pensar el lado positivo de todo esto, al menos se nos va a poner un tipín que no veas con esto de perder el autobús que te lleva de vuelta a casa. Unos gemelos que ni Roberto Carlos estrenarán la novísima ‘Operación Trenca’ para estar estupendo este otoño/invierno.

Inquietos por saber qué vais a hacer ante este dilema, desde el Mundo de Mañana lanzamos, como cada lunes, una nueva Encuesta de la Semana. Quizá vuestras respuestas y soluciones a esta nueva zancadilla de la administración ayuden a otras personas a organizarse la vida. Por todos esto os preguntamos: ¿Cómo vas a llegar a tu casa ahora que no hay ‘Buhometro’?

¡No dejéis de votar!

Frustración y rabia en los derribos de El Gallinero

Temblaba. Cuando las decenas de policías nacionales irrumpieron en formación de legión romana en El Gallinero tengo que reconocer que temblaba. Antes, en menos de diez minutos, habían rodeado todo el terreno que circunda el poblado con policías montados a caballo y cerrado todos los accesos por carretera con lecheras y furgones. Armados como para una guerra y pertrechados con todas sus defensas reglamentarias (cascos, escudos, chalecos, guantes, espinilleras), penetraron en fila de a tres y con paso marcial en una de las estrechas calles de tierra que da acceso a este asentamiento humano en el que viven aproximadamente cien familias desde hace ya siete años, una de las zonas más deprimidas de Madrid ubicada a escasos catorce kilómetros de la Puerta del Sol. Avanzaban levantando polvo a su paso, haciendo ruido con sus botas contra el suelo y sin detenerse ni mirar hacia los lados, como si lxs compañerxs de San Carlos Borromeo y yo que allí nos encontrábamos en el medio de la calle fuésemos invisibles. Temblaba digo, pero de rabia. El operativo policial, al que no tardó en sumarse el helicóptero volando a ras del suelo, era a todas luces desmedido y más a sabiendas del objetivo que perseguían. No se trataba de una redada, ni tan siquiera de un registro en busca de delitos, lo que los policías buscaban no era otra cosa que controlar e intimidar a todo el poblado a la par que escoltaban a imperturbables personajes del Ayuntamiento de Madrid  desplazados hasta la zona para coordinar el derribo de varias viviendas. No existía aviso previo, no había ninguna notificación, no había ni tan siquiera una intuición que hiciera pensar a los habitantes de El Gallinero que esa mañana iban a venir a destrozar sus hogares. Sin más, el ejército policial comandado por el siniestro Julio César Santos, gerente de urbanismo del Ayuntamiento, venía a informar de que en el plazo de media hora (treinta minutos) iban a derribar sus viviendas y que ese era el tiempo que tenían para vaciar todo lo que hubiera dentro de las mismas. Media hora (treinta minutos).

Derribo de la primera vivienda en El Gallinero

Mención, y párrafo, aparte merecen el mentado Julio César Santos, al que el apelativo de siniestro no le viene regalado sino ganado a pulso. Este gerente de urbanismo es un viejo conocido tanto de El Gallinero como de la cercana Cañada Real Galiana, ya que es el encargado de coordinar los derribos que en ambos poblados se realizan. Aunque no es más que un funcionario del Ayuntamiento, un coordinador, cada vez que sale de “misión” prepara su indumentaria a conciencia como si de un cuerpo especial de los geos se tratara. Gafas de sol con montura negra, ropa oscura, braga tapándole media cara, botas, guantes y, por lo general, gorro de lana con visera también negro calado hasta las orejas. En ocasiones se cubre con un casco antiguo, siempre todo negro, sustituyendo al citado gorro. Para completar su indumentaria de acción, lleva amarrado al cinturón un martillo y una navaja. El primero le sirve para marcar mediante un golpe en la pared las casas que van a ser derribadas, la segunda no duda en sacarla con agilidad de pendenciero para recortar los trozos de tela, moqueta o cartón que se quedan enganchados en la pala de la grúa mientras esta está funcionando. Aunque este estilo tan peculiar sería más que suficiente para intuirle una personalidad psicótica, y su escasa estatura una serie de más que probables complejos muy mal proyectados, lo que hace realmente despreciable y siniestro al tal Julio César Santos son sus nefastos modos, tratando a las personas como animales, y una llamativa hiperactividad a la hora de derribar las viviendas la cual le lleva a ejecutar en muchas ocasiones a él mismo el trabajo de los operarios, a pesar de ser el mero coordinador del derribo. Se diría que disfruta.

Ahí había una casa.

Una vez hubieron rodeado el poblado y cortado todos los accesos, con decenas de policías saturando las calles interiores formadas por los espacios entre las casas de cartón, comenzó el primer derribo. Previamente doce agentes de la ley habían intimidado a una mujer con sus dos hijos para que abandonasen la vivienda y se alejasen de la misma. De nada sirvió que Patricia Fernández, abogada de la gente de El Gallinero y voluntaria de San Carlos Borromeo, informase a los agentes de que sin una orden de derribo no podían tirar la vivienda, antes de que nos pudiéramos dar cuenta la grúa, con sus ruedas de oruga y una cabina que rozaba constantemente los delicados cables de la delicada instalación eléctrica del poblado, ya estaba allí. Fue ese el primer momento en el que a los agentes de la secreta, mención especial a dos chavales de no más de veinticuatro años vestidos de Pope y Charly para la ocasión, les dio por reparar en nuestra presencia. El cinismo era evidente, ya que los voluntarios de la parroquia llevan siete años acompañando a la comunidad de El Gallinero y luchando por ser considerados mediadores válidos entre esta y los distintos agentes sociales y de la ley. Las caras las conocían de sobra. Aún así en ningún momento se pidió colaboración, ni  mucho menos se ofreció información, para hacer más llevadera a las familias la terrible situación que estaban viviendo. Era como si, directamente, no existiésemos. O peor ya que, cuando la presencia de algunos empezaba a incomodar a las conciencias o a los planes del operativo policial, se optó por separarles del foco donde se estaban tirando los edificios. Así, Javier Baeza, párroco de San Carlos, y la mencionada Patricia Fernández, abogada, fueron encerrados a la fuerza en distintas chabolas escoltadas por policías “por su seguridad”. A partir de aquí la indefensión de las familias desalojadas fue absoluta ya que la única persona con poder para pedir las autorizaciones judiciales de derribo estaba retenida.

La vida es irónica en El Gallinero. Cartel de Ikea sobre unas ruinas.

En total fueron nueve viviendas las que derribaron en la mañana del pasado lunes 5 de marzo, mañana de infausto recuerdo para los derechos humanos en nuestra ciudad. Cabe destacar que para las nueve viviendas derribadas sólo traían una única orden y que esta no era de derribo sino de desalojo. Aunque el argumento judicial era que el legítimo dueño de la tierra había denunciado a la comunidad de El Gallinero y había ganado, lo cierto es que se destruyeron casas desperdigadas a lo largo de todo el poblado. Como me decía uno de los hombres frente a las ruinas de su vivienda: “En Rumanía cuando alguien tiene tierras tiene 500 metros, no cinco metros aquí, otros cinco allá y otros cinco más lejos aún. ¿Para qué querría alguien tener terrenos así? ¿Qué utilidad tiene?“. Parece que más que responder a las ansias acaparadoras de terrenos baldíos de los supuestos dueños de la tierra, lo que pasó este lunes en el poblado de El Gallinero fue un aviso para los habitantes del mismo, una llamada de atención y una demostración de poder. Tal vez no fuese más que un globo sonda para ver cómo reaccionaban la sociedad y los medios ante el derribo. Si nadie dice demasiado, tienen carta blanca para tirar el poblado entero y ahorrarse dolores de cabeza en cuestiones sociales que pueden quitar tiempo de soñar con el eterno y recurrente sueño olímpico. Da la terrible casualidad de que todas las familias que de improvisto se vieron sin techo con el que cubrirse en esta jornada de derribos tenían todos sus papeles en regla, estaban empadronados, tenían permiso de trabajo y residencia y tenían a todos sus hijos escolarizados. Sólo les faltaba un guiño del destino, algo de suerte, y una vivienda digna.

Los muebles en la calle de una de las viviendas.

Destaco, de todo el absurdo vivido en El Gallinero, dos anécdotas. La primera tiene como protagonistas a cinco policías nacionales y dos niños. Los últimos, asombrados y asustados por todo lo que estaban viendo esa mañana, caminaban por la misma calle de tierra por la que caminan a diario mientras miraban los caballos lejanos que rodeaban todo el perímetro. Al pasar demasiado cerca de los cinco agentes, uniformados, con escudos, cascos, chalecos, escopetas, estos se pusieron a gritarles “¡Niños! ¡largo de aquí! ¡Apartaos!”. Uno de ellos, sorprendido, les miró y, de puros nervios, sonrío (tenían apenas siete años). El más macarra del grupo de nacionales, envalentonado, le gritó “¡Ya te voy a dar motivos yo para que te rías, niñato! ¡Largo de aquí! ¿No me oyes?”. Fue ese el momento en el que uno de los voluntarios de la parroquia le informó de que ese niño al que gritaba era sordo; y que era un niño. La segunda anécdota sirve para reflejar con claridad lo que supone todo lo que aconteció esa mañana de destrucción y prepotencia. En una de las viviendas que iban a ser derribadas, al no haber habido ningún tipo de aviso previo y al realizarse durante la mañana de un día laboral,  sólo se encontraba una mujer con su hijo de tres semanas de vida. El marido se encontraba trabajando. Sin ningún atisbo de decencia o de humanidad, se hizo a esta mujer cargada con su criatura desalojar la vivienda en la media hora que daban a todos los demás y se procedió, acto seguido, al derribo de la misma. Cuando, al medio día, el marido llegó del trabajo, se encontró a su mujer sentada entre los muebles y electrodomésticos que había conseguido rescatar a las puertas de las ruinas de su hogar de los últimos siete años.

Dicen que es posible que el terreno que ocupa ahora el asentamiento humano de El Gallinero vaya a ser destinado, en el caso de concretarse las negociaciones, al proyecto del megacasino EuroVegas que tantas protestas (lógicas) está despertando. Sea como sea, la protección social prevista para estas más de cien familias no va más allá de las dos noches de hotel de realojamiento ofrecidas como alternativa mientras encuentran, en ese ínfimo plazo, otro lugar donde vivir. Y después, la calle. El frío. La vergüenza del sistema.

Les dejo a continuación, para complementar la información y en tres imágenes, algunos de los tuits que envié esa mañana de frustración y rabia en los derribos de El Gallinero. Van del último al primero.

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La cita del mes

"No hay nada más poderoso en el mundo que una idea a la que le ha llegado su tiempo".

-Víctor Hugo-

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