Actualidad, Bitácora

…Y Pablo Guerrero me bautizó poeta.

Yo era un joven de barbas y pelos desordenados que se entretenía juntando versos en servilletas, en paredes, en libretas e incluso, alguna vez, sentado a un escritorio. Eran los años del amor, las noches, los recitales, los conciertos, los brindis (al sol, a la luna), los sueños, la utopía. Eran años tal vez igual que estos que ahora vivo, pero quizá con más compañía. Esa mañana me esperaba, en la parada de metro de  Antonio Machado, Javier Maroto (pelo desordenado, colores, guitarra, risa). Llegaría, poco más tarde, Álvaro Fraile (cuadros, lana, humo, voz). Era de día y era raro vernos con tanta luz (con tanto sueño), pero había un motivo, cosa que nunca hizo falta, para el encuentro. Hoy desayunábamos con el maestro.

Meses atrás, Maroto había musicado un poema de Pablo Guerrero y Álvaro se había encargado de grabar a ambos para el disco ‘Luz’ del primero. Desde entonces se permitían quedar de vez en cuando para hablar de la poesía, del mundo, del amor, de la música. Pablo Guerrero, el mítico cantautor, el poeta de la Transición, la voz de una Extremadura despierta, el autor de ‘A cántaros’, ese himno de libertad, se hacía cercano en un café sencillo. Los privilegios de la amistad y las buenas compañías me convertían a mí, en esa mañana de años atrás, en partícipe de ese café con sabor a tertulia añeja. La cita era en la cafetería ‘Los Poetas’ que, lejos de las resonancias parnasianas que pudiera tener, es un bar de menús del día y barra de zinc de los de toda la vida tirando a cutrecillo. Allí sentado a una mesa, con su cigarro encendido, su barba teñida por la nicotina y un cuerpo que no terminaba de llenar la chaqueta que llevaba, nos esperaba Pablo Guerrero.

La mañana de tertulia fue por unos derroteros muy distintos a los que yo me esperaba, de hecho no llegó a ser una mañana de tertulia como tal. El maestro, parco en palabras hasta el extremo, disfrutaba de la conversación y se limitaba a escuchar, como eternamente aprendiendo, y a asentir de vez en cuando o responder casi monosilábicamente cuando se le requería. Con todo, el ambiente exhalaba una magia especial, una sensación de historia personal irrepetible, y yo me había impuesto una misión particular para ese encuentro. En un momento dado, cuando así lo creí oportuno, realicé un gesto no muy habitual en mí y, abriendo mi zurrón gastado, le acerqué una serie de versos manuscritos al gran cantautor. “Me gustaría que los leyera, si quiere. Son míos. Para mí sería un honor…”. Guerrero los cogió con su mano de dedos gastados a fuerza de cuerdas de guitarra y, tomándoselo mucho más al pié de la letra de lo que hubiera pensado nunca, allí mismo, enfrente de todos, comenzó a leerlos en silencio. Fueron diez minutos, tal vez más, tal vez menos, de absoluto embelesamiento. La mística del momento vibraba con fuerza y las miradas de Maroto y de Álvaro me confirmaban que, a pesar del corte, había hecho bien. Al terminar la lectura de las hojas sin encuadernar que le había acercado, levantó la vista, aún con los papeles en la mano, me miró a los ojos, sonrió por debajo de la barba y el espeso bigote, y sentenció, con voz de bautismo literario, “Enhorabuena, eres poeta”.

Hoy se cumplen cuarenta años de la creación de ‘A cántaros’ y, para celebrarlo, Pablo Guerrero ofrece esta noche un concierto en el Círculo de Bellas Artes de Madrid rodeado de amigos. Yo, rodeado de los míos, volveré a acercar mis barbas y pelos renovados al halo de este poeta para seguir creyendo en el amor, en la noche, en los brindis, en los sueños, en la utopía y en que, una vez, alguien me marcó con una responsabilidad y una forma de vivir el mundo que superan mis estrofas y van más allá de mis versos.

Hay que doler de la vida hasta que creer que tiene que llover a cántaros…

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